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La ética y las vacunas

Para justificar la vacunación obligatoria, nos traen a colación el dilema del tranvía, un experimento moral por el que se concluye que sería lícito que yo desviara un tranvía, que mataría a varias personas, a una vía en la que solo mataría a una.
La ética y las vacunas

Por Mario Rodríguez Guerras

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No puedo estar más en desacuerdo con todas las razones que, desde  la izquierda hasta la derecha, se están presentando en favor de la obligación de vacunar a la población contra la covid-19 con vacunas que ya han causado algunas muertes. Y vaya por delante el hecho de que, jugando a la ruleta rusa, yo ya me he puesto la vacuna asesina de Astra-Zeneca sufriendo los desagradables efectos secundarios que produce. Por ello, es indudable que, con este escrito, no vengo a defender mi postura sino la verdad y a criticar la manipulación de la lógica que se hace en general y en un artículo en particular: La vacuna y el dilema del tranvía.



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Para justificar la vacunación obligatoria, nos traen a colación el dilema del tranvía, un experimento moral por el que el autor del artículo concluye que sería lícito que yo desviara un tranvía, que mataría a varias personas, a una vía en la que solo mataría a una.

Como casi todo el mundo que trata sobre cuestiones “morales”, el autor no iba a ser menos y no distingue adecuadamente los términos que afectan a esta cuestión. Pues una cosa es la moral, otra la ética y otra la ley. Pero, además, tergiversa el significado del mismo experimento, pues ese experimento no trata de establecer qué es justo o injusto sino cuál es la percepción de la gente de lo que es o no justo, cosa que varía con la edad y otras circunstancias sociales y personales. El público ni es teólogo ni filósofo ni jurista para presentar razones justificadas que expliquen la conducta del hombre. El público solo nos puede decir qué haría y por qué, aunque de forma abstracta, y habría que ver si, puestos ante una situación real, harían lo que dicen: ¿Desviarían el tren si el trabajador en la vía fuera su padre?

La cuestión puede percibirse, según nuevas investigaciones, desde cuatro puntos de vista distintos, el utilitarismo, el emotivismo, el deontologismo o ética de la virtud, y no de dos, el consecuencialismo y la deontología, por lo que la conclusión que nos impone no está claro que sea la definitiva.



Artem Podrez

La respuesta desde el punto de vista de la responsabilidad personal, o sea, moral, cede terreno en favor de un criterio social, ese que procede a anular los derechos del individuo en beneficio de la comunidad que ya desde Grecia era evidente, al quitar protagonismo a las  Euménides  (o Erinias, diosas de la venganza personal) cuando se introducen en Atenas los nuevos dioses que regularán la vida colectiva en la ciudad: Los jueces y los tribunales.

En el caso de la buena gente que desviaría el tren para que solo atropellase a una persona, pero no tiraría al hombre gordo a las vías, lo que ocurre, como hemos dicho hace tiempo [El dilema del tranvía], es que, en el primer caso, al desviar el tranvía, el sujeto se enfrenta a una situación dada en la que no ha tenido intervención (el hombre ya está en la vía), en cambio, en el segundo caso, al tirar al hombre gordo, ese sujeto altera la situación y es responsable de ello. Jurídicamente, en el primer caso, no creo que tuviera consecuencias penales, pero podría tenerlas civiles. En el segundo caso, creo que no se libraría de un pleito penal y de otro civil. La gente hace muy bien en pensar intuitivamente que no puede tirar a nadie a la vía, mientras que los sabios andan dando vueltas a esa diferencia de actuación, incapaces de encontrar razones, porque no analizan correctamente el problema.



Andrea Piacquadio

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En el primer supuesto (si cambio o no la vía del tren), y desde un punto de vista moral, yo me debería plantear si podría soportar ser el responsable de la muerte de una persona, sabiendo que no lo soy del destino de las otras, pues yo no fui responsable de que el tranvía perdiera el control.  

En esta época en la que la conciencia no parece tener valor, la cuestión pragmática se impone y la gente prefiere mantener con vida al mayor número de personas. Pero no creo que ningún juzgado pudiera condenarme penalmente por ninguna de las decisiones que tomara (cambiar o no cambiar al tren de vía), pues habría razones para adoptar cualquiera de ellas. Estaríamos ante uno de esos curiosos casos en los que, aunque la última acción sea la causa del efecto, el autor de la misma no es ni culpable ni responsable, como ocurre  cuando un terrorista coloca una bomba en una habitación que explotará cuando el dueño abra la puerta.



RODNAE Productions

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La cuestión de preferir salvar al mayor número de personas supone, como decimos, la renuncia a considerar los criterios morales en este y en otros muchos casos. La cuestión pragmática, avalada por la ley o la justicia en casos similares al referido, puede llevarnos, como de hecho nos lleva, a cometer impunemente delitos que, justificados por la ley no lo estén por la moral.  Tal es el caso de la impunidad de los delitos de las tropas de los EEUU en terceros países, por lo que quien defienda la ley por encima de la moral debe estar muy satisfecho con el asesinato, a manos de un soldado estadounidense, del periodista español José Couso en Irak en 2003; y de las muertes de civiles en Afganistán, causadas por otro estadounidense desde un helicóptero, reveladas por Wikileaks. Legalmente, no son culpables, puesto que no se les puede juzgar por lo que han hecho.

La ley es un acuerdo o una imposición política que, sin la valoración ética, puede convertirse en justificación del delito. Cumplir la ley puede ser inmoral. Así lo vemos en los dos ejemplos citados, en la consideración de secretos de estado de esos delitos, o en la decisión del señor Obama de ejecutar a Ben Laden. Si eres el presidente de los EEUU puedes ser un asesino pues al poderoso no le afectan ni la ley ni la moral.



Enlightening Images

Existe una diferencia entre moral y ética. La moral es el conjunto de normas que se deben cumplir para no causar mal a nadie, propias de la religión y fundadas en el respeto a la naturaleza de las cosas;  mientras que la ética son los principios establecidos mediante argumentos filosóficos que explican racionalmente la justicia de los actos. Ahora bien, la ley solo es una norma establecida por los políticos que puede estar guiada por la ética o la moral o ser completamente inmoral. Lo mismo le ocurre al derecho consuetudinario que, aunque en general es justo, vemos en las comunidades indígenas de ciertos países en los que las tribus poseen sus propias leyes, que algunas son contrarias a las leyes del estado y a los derechos individuales.

Desde este punto de vista político, no necesariamente ético o moral, sino social, una parte de la población exige que todo el mundo se vacune. Las normas pueden ser la imposición de un dictador, ya sea porque tenga de su lado la fuerza material o la fuerza del número, en favor de unos y en perjuicio de otros.

Así, pretenden que una persona se inocule una sustancia que puede causarle la muerte en nombre de un bien superior, el bien común, ese del que Nietzsche se burlaba pues se cuestionaba cómo una cosa común podría ser buena para todos.



Jess Vide

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Con el dilema del tranvía hemos visto, en contra de lo que pretendía concluir el autor del artículo de referencia, que hay cuestiones que no se pueden plantear únicamente desde un punto de vista práctico. Lo mismo ocurre con la tabla de Carnéades, que plantea si un náufrago puede, éticamente, quitar la tabla de salvación a otro para salvar su vida; o con El caso de los exploradores, que piensan en matar a uno de ellos para que sobrevivan los demás. Esas cuestiones no se plantean, jurídicamente, como justificación sino como exculpación, pero ética o moralmente, el sujeto decide y no podría considerarse culpable a quien eligiera no modificar la trayectoria de tranvía. Por lo tanto, si un consecuencialista piensa que debe salvar a cinco a costa de matar a uno, eso no significa que esa sea la solución al dilema, pues la opción de no intervenir resulta, legal y éticamente, hasta más válida.

Con estas consideraciones, no vemos razón para obligar a nadie a actuar, no ya  contra su voluntad, sino contra sus intereses, y lo que resulta es que esa propuesta no es más que una prueba del autoritarismo de los poderosos que quieren anular en la comunidad al individuo, por esa norma no escrita que dice que la sociedad es todo y el individuo no es nada, aunque la sociedad esté formada por individuos. Es decir, los argumentos que se nos ofrecen no buscan defender una verdad sino la verdad del ideólogo, la verdad de quien se quiere hacer con el control del pensamiento social.

Un argumento convincente porque se ha aplicado, aunque injustificadamente, en un caso aceptado socialmente, es el de que nadie es dueño de mi cuerpo por lo que nadie estaría autorizado a tomar decisiones sobre él. Si el argumento de los pro-abortistas es que la mujer es dueña de su cuerpo y ella decide si abortar o no, con mayor razón, debemos aceptar que el hombre es dueño de su cuerpo y solo él puede decidir si vacunarse con una sustancia que puede ser mortal.



Amornthep Srina

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El artículo relaciona la conclusión del dilema del tranvía con la obligación de vacunarse, pero, como hemos dicho, en ese experimento no se busca la verdad (qué es lo justo y lo injusto) sino la realidad (qué cree la gente que es justo), y el artículo quiere hacernos creer que el bien común es un valor superior a la voluntad individual. ¿A dónde nos puede llevar eso? Pues a que el gobierno decida que una mujer embarazada que ya tenga un hijo deba abortar. Pero, entonces, esta interpretación del bien común ya no es del agrado de los seres autoritarios que defendían el bien común de forma absoluta, y ahora introducen un matiz, y dicen que el bien común es aquello que les beneficia a ellos. Ellos aceptan el autoritarismo cuando el dictador defiende sus intereses, no cuando se busca lo ético o lo moral, y justifican su arbitraria decisión en el valor de la ley, en la que introducen, no las verdades, sino sus intereses y su ideología (o los intereses de quien paga a los periodistas).

Si, en el dilema del tranvía, para un consecuencialista no habría dilema alguno pues pensaría que es mejor que cinco se salven aunque uno muera, habría que revelar el resto de la verdad (pues una verdad parcial es una mentira), a saber, que para un deontologista sería inadmisible causar un mal. De la forma en la que el artículo presenta sus argumentos nos quiere hacer creer que se nos ofrece la verdad, cuando lo que nos ofrece es una ideología.



Ingrid Dietrich

Aunque haya quien piense que tales cuestiones no se tendrían que discutir en público, ese pensamiento no puede ser más que el de un dictador, no el de un hombre libre en una sociedad libre, en la que deben presentarse razones.

Desear que la vacuna no sea impuesta como obligación, sino que sea aceptada voluntariamente, supone que el dictador no quiere solo condicionar la conducta humana, y que lo que busca es condicionar la forma de pensar, para que nadie piense otra cosa que sus pensamientos. Es decir, el dictador busca anular por completo al individuo, convirtiéndole en un borrego que no piense y que acepte el destino que la comunidad determine, bien que suponga acabar en el matadero.

El artículo acaba diciendo, pero no puede decirse que a quien se vacuna lo tratamos como un simple medio para salvar a otros. Pero resulta que es todo lo contrario, y se demuestra la manipulación de la verdad que estamos denunciando.



Nataliya Vaitkevich

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La cuestión que debiera haberse planteado es muy distinta y no supone ningún dilema. Si la vacuna de una farmacéutica puede causar la muerte y las de otras dos no parece que produzcan trombos, la solución a este problema es tan simple como poner vacunas de Pfizer-BioNTech o de  Moderna a toda la población, y, mientras llegan las dosis de esas compañías, quien quiera vacunarse con la vacuna de Astra-Zeneca que lo haga sabiendo los riesgos que corre, aunque no por ello la farmacéutica debiera quedar libre de responsabilidad por los daños que pudiera causar. Pero a mí, la única libertad que me han concedido es la de ponerme esa vacuna o ninguna.

Imagen de portada: Nataliya Vaitkevich.

26-04-2021

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